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Había una vez un monje

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Un publicista de éxito, Paco Segarra, y un monje-escritor, Agustí Al- tisent, han escrito este libro que tiene un hilo conductor: el caminito espiritual de Teresita, o el acogimiento de la fragilidad. De hecho, una de las primeras lecciones que recibió Paco en su desierto espiritual en Poblet, fue una máxima del cisterciense: «Deje que Dios sea Dios y usted sea débil. Con Dios, el secreto es ser débil. Dios utiliza estas causas segundas para sus planes de amor: un proceso de aflicción como el suyo es, indudablemente, una purificación en el plano espiritual». Y, ante el reclamo de más consuelo por parte del publicista: «Acepte de palabra, acepte de Dios, todo lo malo que le ocurra. Dígale que Él ya sabe y que ve que usted lo dice de boquilla: que sólo dice que lo acepta sin aceptarlo de veras. Dígale que usted lo intenta, pero que sólo Él puede ponérselo en el corazón. Dios conoce mejor que nosotros mismos nuestra debilidad. De modo que procure relajarse—con pastillas, si es necesario—y rece. Pero no rece nerviosamente. Póngase ante Dios y deje que Él le mire por dentro, con todo lo que le sucede. Ni siquiera hable: muéstrele sus heridas. Esta forma de rezar es como tomar el sol, dejándose broncear gradualmente por Él». Y, por último: «Aprenda a vivir a la escucha, en silencio. Valore el silencio porque Dios habla bajito, como para no molestar.

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Paco Segarra

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Un publicista de éxito, Paco Segarra, y un monje-escritor, Agustí Al- tisent, han escrito este libro que tiene un hilo conductor: el caminito espiritual de Teresita, o el acogimiento de la fragilidad. De hecho, una de las primeras lecciones que recibió Paco en su desierto espiritual en Poblet, fue una máxima del cisterciense: «Deje que Dios sea Dios y usted sea débil. Con Dios, el secreto es ser débil. Dios utiliza estas causas segundas para sus planes de amor: un proceso de aflicción como el suyo es, indudablemente, una purificación en el plano espiritual». Y, ante el reclamo de más consuelo por parte del publicista: «Acepte de palabra, acepte de Dios, todo lo malo que le ocurra. Dígale que Él ya sabe y que ve que usted lo dice de boquilla: que sólo dice que lo acepta sin aceptarlo de veras. Dígale que usted lo intenta, pero que sólo Él puede ponérselo en el corazón. Dios conoce mejor que nosotros mismos nuestra debilidad. De modo que procure relajarse—con pastillas, si es necesario—y rece. Pero no rece nerviosamente. Póngase ante Dios y deje que Él le mire por dentro, con todo lo que le sucede. Ni siquiera hable: muéstrele sus heridas. Esta forma de rezar es como tomar el sol, dejándose broncear gradualmente por Él». Y, por último: «Aprenda a vivir a la escucha, en silencio. Valore el silencio porque Dios habla bajito, como para no molestar.

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